
Óscar Rabanal
El ocaso de Apple ya no es una exageración ni una provocación: es una conclusión incómoda a la que he llegado tras el último anuncio de la compañía. He sido un fiel defensor de Apple durante décadas. He creído en el «Think Different», en la integración perfecta y en esa mística de que Apple siempre iba tres pasos por delante del resto. Pero tras el anuncio de este año, donde Apple admite que necesita la tecnología de Google para que sus dispositivos sean «inteligentes», no puedo evitar sentir que estamos ante el final de una era.
Hoy he movido Safari fuera de mi Dock y he instalado Chrome. No es un cambio de navegador; es el reconocimiento de que Apple, tal como la conocimos, ha dejado de existir.
De la innovación al «alquiler» de tecnología
Steve Jobs tenía una máxima innegociable: Apple debía ser dueña de las tecnologías principales de sus productos. Si no controlas el motor, no controlas la experiencia.
El acuerdo para licenciar la IA de Google (un movimiento de miles de millones de dólares para salvar los muebles ante el fracaso de una Siri obsoleta) es la antítesis de ese sueño. Apple ya no inventa el futuro; lo alquila. Han pasado de crear el iPhone a ser un ensamblador de lujo que depende del software de su mayor rival para no quedar irrelevante.
Vivir de las rentas tiene fecha de caducidad
Desde la desaparición de Jobs, hemos visto una Apple experta en logística, en márgenes de beneficio y en colores de titanio, pero huérfana de alma. Se han limitado a refinar lo que ya existía, estirando el chicle de la gloria pasada mientras el mundo cambiaba las reglas del juego con la Inteligencia Artificial. Cuando una marca pierde su propósito, deja de ser un activo estratégico y se convierte en un simple producto más.
El retraso constante: Apple Intelligence llega tarde, llega fragmentado y, lo que es peor, llega con «permiso» de Google.
La pérdida de la magia: Siri sigue siendo el mismo juguete roto de hace diez años, mientras el resto del mundo ya vive en la era de los agentes autónomos.
Mi salida: Una cuestión de honestidad
Me paso a Chrome porque, en 2026, la ventana al mundo ya no es un navegador estático, es un ecosistema de inteligencia activa. Hoy el descubrimiento de información y de marcas ocurre en formatos y plataformas muy distintas a las tradicionales. Si Apple ha decidido que el cerebro de sus máquinas sea de Google, prefiero ir directamente a la fuente original sin los filtros ni las limitaciones de un Safari que se ha quedado como un adorno minimalista.
Es doloroso admitirlo, pero el ecosistema se ha convertido en una jaula de oro donde la innovación es el gran ausente. Apple sigue vendiendo teléfonos, pero ya no vende el futuro.
¿Es este el principio del fin? Cuando una empresa deja de liderar para empezar a pedir prestado, el ocaso está cerca. El «One More Thing» ya no es una revolución, es una suscripción.


